Suiza y Austria 2018 – Día 5: Lausanne – Montreux – Castillo de Chillon

Aunque no lo sabíamos, el uno de agosto es la fiesta nacional de Suiza, lo que implica que Lausanne, cuarta ciudad más poblada se Suiza, capital de cantón de Vaud, ciudad olímpica, centro de congresos y ciudad universitaria, parezca una tumba. Los comercios cerrados, apenas gente en sus calles salvo un puñado de turistas como nosotros y un tráfico inexistente, hacen que la visita sea algo extraña. Eso sí, podemos aparcar gratis (eso que nos ahorramos).

El casco antiguo de la ciudad es relativamente pequeño, muy bien cuidado y, sobre todo, muy cuesta arriba. Dejando abajo la estación de tren; puerta de entrada a la ciudad vieja, empezamos a subir por sus adoquinadas calles, zigzagueando de aquí para allá para no perder detalle, hasta llegar a su más preciosa joya: la catedral de Notre-Dame. Alrededor de la catedral están los monumentos más emblemáticos de Lausanne: el castillo de St-Maire, construido entre 1397 y 1427, el ayuntamiento del siglo XVII, la torre Ale-Turm del 1340 y la torre del castillo episcopal en Ouchy, del siglo XII; últimos testimonios de la otrora portentosa muralla medieval que protegía la ciudad.

Para volver a la zona baja, utilizamos las famosas Escaliers du Marché (escaleras del mercado), cuya entrada se realiza por una pequeña marquesina, semioculta entre los edificios. Sus 177 escalones nos dejan en los jardines del paseo del lago. Caminamos un rato, reponemos fuerzas y nos vamos hasta Montreux.

Al contrario que Lausanne, Montreux es pura algazara. El abarrotado paseo del lago ofrece puestos de comida callejera, atracciones para los más pequeños, terrazas para tomar algo, hoteles, la estatua de Freddy Mercury y, al final, el Castillo de Chillon.

La atractiva fortaleza, ubicado en una roca a orillas del lago, es una de las mayores atracciones de Suiza; imán para muchos escritores románticos, desde Jean-Jacques Rousseau a Victor Hugo, pasando por Alejandro Dumas, Gustave Flaubert y Lord Byron, que se inspiraron en sus muros. Cuando llegamos ya era tarde y no entramos en el interior, pero las vistas desde el lago son suficientemente bonitas para justificar la visita. Mientras admirábamos las vistas, el tiempo empieza a girarse y el cielo amenaza tormenta, ofreciendo una estampa más bella si cabe del conjunto.

Volvemos hacia el camping y cae una tormenta que hace bajar 10ºC la temperatura de golpe. Después de cenar ya en nuestra caravana, unos simplones fuegos artificiales y miles de banderizas suizas nos recordaron que era el día de fiesta nacional. Serán muy buenos haciendo relojes, pero a la hora de montar un sarao, la verdad es que les falta bastante chispa.

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