Balcanes 2017. Día 7: Ljubljana

Emprendemos la visita a la capital eslovena, la encantadora ciudad del dragón, que sin duda es una parada imprescindible. El centro histórico discurre por el linde de las tranquilas aguas del río Ljubljanica y la mayor parte de sus atractivos no distan mucho de su orilla.

En primer lugar visitamos el castillo (suele haber bastante cola en el funicular), que realmente no vale mucho la pena a no ser que se visite la torre para obtener unas bonitas vistas de la ciudad. Tras el café de rigor, excelente en toda Eslovenia, nos bajamos caminando tranquilamente para disfrutar de un paseo por la rivera, plagados de tiendas de artesanía y locales de todo tipo donde un relajado bullicio de autóctonos y turistas que discurren por sus callejas.

Sin duda uno de los atractivos son los puentes del río, con el emblemático Puente de los Dragones como emblema y símbolo universal de la ciudad.

Caminando sin prisa llegamos al parque Tivoli, que con sus 5 km2 de extensión es un espectacular punto de recreo con senderos, zonas verdes, arboledas y parques infantiles en el que… ¡MILAGRO! … Uno puede tumbarse en la hierba y pasear durante horas sin encontrar ni un solo excremento de perro en el suelo.

Descansamos unos instantes después del paseo por el parque y volvemos al centro, donde disfrutamos de cervezas artesanales locales en alguno de los muchos bares con encanto que uno puede encontrar y en que podemos probar la cerveza de la ciudad: Loo-Blah-Nah, que como no podía ser de ninguna otra manera, tiene como logo al famoso dragón (y que está riquísima). Nosotros aprovechamos bien la visita y nos bebimos un par antes de volver al camping.

Si vais con niños (como era nuestro caso) tened cuidado. Muy amablemente te lo atiborrarán de vodka si te relajas demasiado y los dejas a su libre albedrío (que en nuestro caso suele ser bastante destructivo; cosas de la curiosidad innata de los niños).

 

 

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